Primera Parte: El amor, revelado en el cuerpo.

El misterio del cuerpo

«Al caer, el torrente no se asombra […] – pero, ¡el hombre se asombra!». Nuestra introducción ha mostrado que el asombro es el comienzo del viaje de la vida. ¿Cómo se despierta en nosotros? Ya sabemos que mana de nuestra propia experiencia cotidiana –la experiencia gozosa de quien se convierte en padre, la experiencia estupenda del amor, la experiencia sanante de la ofensa perdonada. Pocas veces se para el hombre a pensar en esta maravillosa riqueza de vivir. Su vida es como una planta que crece en terreno fecundo. Tan fecundo que, incluso cuando las raíces se quedan en la superficie, la vegetación brota abundante. Siempre abundan motivos de admiración, incluso en las existencias más grises.

La diferencia sexual: una vocación al amor

Es en su cuerpo donde el hombre se abre al encuentro con el mundo y descubre en él una promesa de felicidad. Su cuerpo le permite experimentar el asombro y escuchar la invitación a caminar más allá de sus propias fronteras. Por eso toda experiencia que ilumine su vía hacia Dios tiene que ocurrir también en el cuerpo, frontera del hombre con su mundo. ¿Qué nuevo asombro le depara la vida corpórea?

El misterio nupcial: del don originario al don de sí mismo

El primer hombre se puso entonces en marcha, tratando de encontrar un camino hacia la plenitud. Es entonces cuando encontró a Eva: «Esta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos». Y así Adán, al poner nombre a la mujer, se descubrió a la vez a sí mismo: «Será llamada mujer ('iššā), porque ha sido tomada del hombre ('iš)» (Gén 2, 23). Solo ahora aparece en el relato la palabra hombre. Es decir: sólo ahora, a la vista de Eva, entiende Adán quién es él y cuál es su llamada, una vocación al amor.

La comunión de personas, imagen de la Trinidad

El camino de Adán y Eva ha dado un giro imprevisto. Ellos creían ir en busca de Dios, el origen primero, la fuente de donde brota la vida. Pero ahora han descubierto que, antes que nada, era Dios el que les buscaba para revelárseles como el dador primero de todo bien, el Creador y Padre. Adán y Eva entienden finalmente que Dios les ha confiado a cada uno el cuidado del otro; y así les ha invitado a entrar en diálogo con Él mismo y a caminar juntos hacia Él

Parte II: La redención del corazón

Un corazón herido: la fragilidad del amor

El hombre conoce bien estos precipicios que flanquean el camino del amor humano. Todo parece muy fácil cuando se comienza, y los sentimientos indican qué ruta seguir. El amor se le aparece entonces como algo sencillo y claro, «un cántico entonado / por todas las cuerdas de nuestro corazón». Solo más tarde se asoman los problemas: se aprende a conocer la fragilidad propia y la fragilidad de la persona amada. «Luego las cuerdas empezaron a callar» y los amantes se ven «cada vez más alejados / del sabor puro del entusiasmo».

Cristo: Redentor del corazón y plenitud del amor

El camino del amor se adentra a veces por bosques oscuros y marcha al borde de precipicios. Y sin embargo, tras inspeccionar la ruta, nuestra mirada descubre horizontes de esperanza: viene quien quiere ayudarnos a recorrer la vía. Karol Wojtyla, en su Taller del orfebre, reconoce su rostro: es el Esposo. En un momento de la obra Adán se dirige a Ana –mujer tentada de abandonar a su marido y de abandonarse a un amor barato– para sacudir el sueño de dejadez en que se ha sumido: «He venido a despertarte» le dice Adán, «porque por esta calle tiene que pasar el Esposo. Las vírgenes prudentes quieren salir a su encuentro con lámparas […] El Esposo está a punto de llegar. Es su hora». Más tarde, recordando esta escena, Adán comenta: « [Para Ana] todo amenazaba destrucción. Sólo podía comenzar el nuevo amor a raíz del encuentro con el Esposo». ¿Quién es este Esposo, que quiere devolvernos la lucidez? No se trata de un personaje de ficción. Es alguien de carne y hueso que nos ayuda a seguir hasta el final la llamada del amor, más allá de toda expectativa

Madurar en el amor

El amor pone en camino al hombre, a quien mueve el deseo de encontrar la plena comunión. «A la mitad del camino de nuestra vida…». Así empieza Dante, el poeta italiano, su Divina Comedia, donde recorre el Infierno y Purgatorio, para elevarse luego hasta el Paraíso. Cuando joven, Karol Wojtyla asistió a una puesta en escena de esta obra. Un amigo suyo la había adaptado al teatro rapsódico, ese teatro de la palabra que Wojtyla ayudó a crear durante la ocupación nazi de Polonia. En su origen se trataba de actuaciones clandestinas, en que el escenario y movimiento de los actores había de reducirse al mínimo y todo quedaba concentrado en la declamación. Al ver representada así la Divina Comedia, Wojtyla vio en ella, no un recorrido lejano por el mundo de ultratumba, sino el drama mismo de la experiencia del hombre, los pasos de cada persona por la tierra. Como escribió, tras salir del teatro: esta es la historia «del alma de Dante, [...] que atraviesa el Infierno, Purgatorio y Paraíso, pero que los atraviesa sobre la tierra, como un hombre que cree y ama».

Amar desde el amor de Cristo: el sacramento del matrimonio

En el primer acto de El taller del orfebre, Karol Wojtyla narra el amor entre Andrés y Teresa. Cuando se declara a Teresa, Andrés escoge con cuidado la pregunta: «¿quieres ser la compañera de mi vida?» El sí de la joven tarda algo en llegar: no porque tenga dudas, sino porque quiere vivir en plenitud el momento, captando todo su sentido. La pareja comienza entonces a caminar hacia el taller del orfebre para elegir las alianzas nupciales

Testigos de la plenitud del amor: La virginidad cristiana y el destino final del cuerpo

En las primeras páginas del Génesis se encuentra el plan primero de Dios sobre el hombre, las experiencias originarias de Adán y Eva. En ellas hallamos los cimientos de toda experiencia con que cada hombre edifica su vida. Y sin embargo, nos quedan todavía preguntas sin responder. Ocurre que volver al origen no basta para contemplar todo el proyecto de Dios sobre el hombre. Hay que mirar también al final, a ese punto donde los pasos del hombre alcanzan su destino definitivo.

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