Tema 1. La luz de la fe

“Recibid la luz de Cristo”. El día de nuestro Bautismo el sacerdote mostró a todos el cirio pascual y dijo estas palabras. Después uno de nuestra familia – nuestro padre – encendió una vela en el cirio. El cura entonces anunció una misión, un programa de vida: “A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz. Que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz. Perseverando en la fe pueda salir con todos los Santos al encuentro del Señor”. El sentido de esta vela está en relación con lo que habían pedido al comenzar el bautizo: “¿Qué pedís para vuestro hijo? La vida eterna”. Pidieron la vida eterna y se les concedió la luz de Cristo.

Tema 2. La puerta de la fe

El día de nuestro bautismo se nos abrió una puerta. La celebración comenzó junto a la entrada de la Iglesia. Allí el sacerdote preguntó a nuestros padres: “¿Qué pedís para vuestro hijo?” Ellos respondieron: “la entrada en la Iglesia” (o bien, según las posibilidades del Ritual: “El bautismo”, “la vida eterna”, o “la gracia de Cristo”. El Bautismo, sacramento de la fe, fue para nosotros la puerta de entrada en la Iglesia.

Tema 3. La sal de la fe

No hubo sal el día de nuestro bautismo. Aquel día se nos abrió la puerta de la Iglesia. Hubo agua, luz, aceite, y hasta un vestido blanco, pero no sal. Y, sin embargo, al recibir el don de la fe, fuimos transformados en sal de la tierra. ¿Qué significa esto?

Tema 4. El aceite de la fe

Considerar el aceite de la fe no estamos ante un signo secundario o anecdótico, sino ante uno primordial. El misterio del aceite está presente en nuestro nombre. “Cristiano” viene de “Cristo”, que es la traducción griega de “Mesías”, que se puede traducir al castellano como “ungido” con aceite. Por eso, ser cristiano tiene que ver con el aceite: significa proceder de Cristo, pertenecer a Aquel que ha sido ungido, no con aceite material sino con el Espíritu Santo, representado en ese óleo. El aceite, por tanto, habla de nuestra identidad y nos remite a la presencia del Espíritu Santo.

Tema 5. El agua de la fe

Que el agua sea signo de vida y bendición, nos resulta evidente. Que lo sea también de muerte, lo tenemos quizá menos presente. En cualquier caso, al hombre no le resulta fácil sobrevivir ni en el desierto ni en el océano. El agua nos habla también, claro está, de limpieza y purificación. No hay lavadoras ni lavavajillas sin ella. Son muchos los caminos que el agua nos ofrece para entender lo que es la fe. En este tema nos centraremos en uno decisivo, que se refiere a la ausencia de agua, lo cual reseca nuestros labios y nos hace experimentar la sed, el deseo de beber. En nuestra sociedad desarrollada, quien tiene sed se acerca al grifo, siempre cercano, y bebe con generosidad. No ocurría así en el mundo de la Biblia, como tampoco ocurre así hoy en día en muchos países. El que tiene sed debe ponerse en camino hacia la fuente o hacia el pozo.

Tema 6. La levadura de la fe

Sin levadura no es posible preparar un buen bizcocho de limón. Sin ella – puede bastar una pizca o una cucharadita – no podemos preparar el pan de cada día. La levadura es un ingrediente esencial de todo buen repostero. Pero también la cerveza y la producción de antibióticos, por ejemplo, necesitan levadura, ese hongo microscópico unicelular que, gracias a sus enzimas, fermenta azúcares e hidratos de carbono. Hoy día, abundan también las levaduras químicas, sustancias sintéticas que imitan la acción de la levadura natural.

Tema 7. El vino de la fe

El vino alegra el corazón del hombre. Lo dice la Escritura (Eclo 31, 35; Sal 104, 15). ¿Y la fe? ¿Es capaz de alegrar nuestro corazón? San Pablo lo tenía claro y se lo repetía con insistencia a los suyos: “Os lo repito de nuevo: Estad siempre alegres en el Señor” (cf. Fil 4, 4). El Evangelio comenzó con una llamada a la alegría. A María se le anunció el nacimiento de Jesús (y el de Juan el Bautista) y se le dijo: ¡Alégrate! (Lc 1, 28). Para san Lucas esta palabra representa el programa del cristianismo: una llamada a la alegría. Poco después el evangelista repetirá este inicio en la palabra del ángel a los pastores: “Os anuncio una alegría inmensa”. Este anuncio de gozo, esta buena y alegre noticia es el “Evangelio”.

Tema 8. El pan de la fe

El pan de la fe se manifiesta de una forma singular en la Eucaristía, el Pan de Vida eterna que trae Cristo. A lo largo de los siglos se fue desarrollando la reflexión sobre este misterio. En el siglo XIII, nació la fiesta del Corpus como himno de agradecimiento por este don tan singular. En la Eucaristía Dios está más cerca que nunca del hombre. Como estuvo en María durante nueve meses, ahora habita en el que comulga su cuerpo y su sangre.

Tema 9. Las manos de la fe

Tener manos es algo exclusivo del hombre. Los animales no las tienen: tienen patas para desplazarse, como los mamíferos, en su mayoría cuadrúpedos, o gozan de cien pies, como ese pequeño insecto, o de patas y alas para volar, o bien carecen de extremidades y se mueven arrastrándose, como las serpientes... Solo el hombre tiene manos. Al poder caminar como un bípedo, sobre sus pies, no usa las extremidades delanteras para trotar, ni para apoyarse en las lianas, como los monos. Camina erguido y, por eso, tiene las manos libres: tiene brazos y manos en vez de patas y pezuñas. Los ángeles, seres estupendos, no gozan de este magnífico invento divino que es la mano.

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