Tema 1. La novedad de ser padres: el deseo, la promesa y el don

“Señor del universo, si miras la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí y no olvidas a tu sierva, y concedes a tu sierva un retoño varón…” (I Sam 1, 11). En la oración de Ana en el templo reconocemos el deseo de toda esposa y esposo. “¿Por qué lloras? ¿No valgo yo para ti más que diez hijos?” (v.8) le decía su marido. Erró en el consuelo a su mujer, porque son amores distintos, como distintos son los lugares que ocupan en el corazón.

Tema 2. Engendrar desde un amor para la vida buena

Finalmente nació el esperado hijo de Elcaná y Ana: “Al cabo de los días Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, diciendo: «Se lo pedí al Señor»” (1 S 1,20). En su nombre, “Samuel”, resuena el verbo hebreo “pedir” (ša’al): al pronunciarlo sus padres recordarán que Dios, misericordioso, ha escuchado su oración. Pero el nombre significa también “Dios es su nombre”: es una confesión de fe en Dios, que les ha regalado lo más maravilloso: un hijo. Así, el nombre del pequeño Samuel nos recuerda que el hijo es un don de Dios que nos estimula a creer en él.

Tema 3. El camino de la paternidad en el tiempo

La historia de Tobías y Sara nos sugiere una relación entre padres e hijos que no se reduce a un único momento o estado, sino que está en constante crecimiento y desarrollo. Algo que se expresa mediante el largo viaje de Tobías desde Nínive a Ecbátana y las diversas peripecias hasta conseguir desposar a Sara, así como en el viaje de vuelta a la casa de su padre Tobit. La paternidad se realiza en el tiempo.

Tema 4. Padre y madre: los genes que conforman al hijo

¿Por qué un padre y una madre para engendrar y educar al hijo? Se habla de complementariedad y de diferencia, de lo que cada uno aporta. Sí, es cierto; pero ni la complementariedad es automática ni la diferencia es sencilla de gestionar. Si cada uno educa por separado, el hijo sería una amalgama de lo que aporta el padre y lo que aporta la madre, en difícil equilibrio. Se dice que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, que los roles son distintos, y que por ello los puntos de vista también, por lo que hay saber gestionarlos.

Tema 5. Educar a una vida buena

Cuando nació Juan Bautista, la gente, ante lo inusual del caso, se decía: “Pues ¿qué será este niño?” (Lc 1,66). Sus padres, sin embargo, bien sabían el destino al que le llamaba el Señor, pues fueron ellos los que recibieron la promesa. ¿Cómo educa quien no sabe del destino de una persona? ¿Y quien lo sabe, lo impone al niño? Ya de antiguo se discutía sobre si la educación era un “plasmar desde fuera la propia visión” o un “sacar lo mejor del hijo”. Hoy nos encontramos ante una verdadera “emergencia educativa”, como solía decir Benedicto XVI, pues aquellos que generan no solo es que no sepan transmitir a sus hijos el sentido que ha animado sus vidas, sino que han renunciado a ello, dejándoles en manos de técnicos que desconocen la grandeza de la vida. Lo esencial es entender la relación que existe entre engendrar y educar, pues quien engendra, entiende que la educación es la prolongación del dar a luz, ya que el sentido último de engendrar es engendrar a una vida buena, bella y noble.

Tema 6. La herencia: la transmisión de la sustancia de la vida

Jesús comenzó su predicación diciendo: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5,4); y la cierra con el cumplimiento de este anuncio: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25,34). El Evangelio se enmarca en esta promesa de una heredad, de la “tierra” que es el reino de Dios. Así nos introduce en un tema, la herencia, que es tan importante en nuestras vidas; y lo hace recordándonos esa heredad última a la que han de apuntar nuestros desvelos. Jesús nos da en herencia lo que más ama: el reino de su Padre. Así nosotros dejamos a nuestros hijos aquello que más valoramos, sobre lo que hemos construido nuestra existencia.

Tema 7. “Tu le pondrás nombre”: El misterio de la paternidad adoptiva

“José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,20-21). Con estas palabras el ángel reveló a san José el misterio de Jesús, que desde ese momento sería también el misterio de la vida de José. Se nos ocultan cuáles fueran hasta entonces los planes de José para su vida; lo que ahora se hace evidente es que Dios lo llama a una paternidad muy concreta: asumir el papel de padre sin haber engendrado él a Jesús. “Tú le pondrás por nombre Jesús”: el gozo que entonces invadió el corazón de José es semejante al que tantas veces ha invadido los corazones de quienes han abierto su familia, y su vida misma, a un hijo que ellos no han engendrado. Porque abrirse a un hijo es abrirse a la posibilidad de la alegría.

Tema 8. Cuando la paternidad se agranda: los abuelos

Los hijos crecen, toman sus decisiones en la vida, se casan y forman una familia… Y de repente, un día, los padres ven que, de nuevo, la vida da un giro para ellos. Hace algún tiempo sus hijos se fueron de casa, provocando quizá la crisis del “nido vacío”; entonces pensaron que su tarea estaba ya realizada. Gran error, porque a los hijos se los engendra siempre a la vida buena y grande, aunque de modos diferentes. Pero ahora, de repente, se dan cuenta de que hay una novedad. Cuando se convirtieron en padres, como veíamos en el primer tema, recibieron una nueva identidad. Pues bien, resulta que esa identidad se agranda: sin dejar de ser padres, son abuelos. Vuelve a haber niños en la familia, pero ahora en una nueva dimensión que genera una relación nueva.

Tema 9. El Padre, de quien desciende toda paternidad

Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento… (Efesios 3,14-17)

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