Temas de Caná 2010-2011: los misterios de la vida de Jesús.

La Encarnación del Hijo de Dios

Tres son, nos dice san Ignacio de Antioquía, “los misterios sonoros que fueron realizados en el silencio de Dios” y que “al príncipe de este mundo le han sido ocultados: la virginidad de María, su alumbramiento y la muerte del Señor” (Carta a los efesios 19,1). En medio del silencio, Dios se encarna. Al crear el mundo, Dios “habló y todo fue hecho”. Ahora, nos dice Ignacio, al enviar su Palabra, Dios calla. Pues “más vale callar y ser que hablar y no ser” (Carta a los efesios 15, 1). Se suele explicar la etimología de la palabra “misterio” a partir del verbo griego muein, que significa “juntar los labios, callar”. Ante el misterio de los misterios, todos callan

La infancia y la vida oculta de Jesús

En medio del silencio realizó Dios el misterio de su Encarnación. Ahora, en el portal de Belén, se interrumpe el callar de Dios. Se escuchan las voces de los ángeles, entonando por vez primera el Gloria. Hablan y comentan los pastores, y quizá los magos, que adoran al Niño. Gritarán de júbilo los ancianos Simeón y Ana en el Templo de Jerusalén. Pero ante todo, este silencio divino es roto por el llanto de un bebé: Dios llora en brazos de su madre. No habla todavía; no sabe hacerlo, pues es un infante: uno que no habla, pero que tampoco calla. Con sus gemidos y risas manifiesta su presencia infantil, de recién llegado al mundo con un cuerpecillo de carne y hueso.

El Bautismo de Jesús

“Fue predicho que Cristo, después de nacer, había de vivir oculto a los otros hombres hasta llegar a edad de varón. Escuchad lo que a este respecto se dijo anticipadamente: Un niño nos ha nacido, un joven nos ha sido regalado, cuyo imperio sobre sus propios hombros… (Is 9, 5)” (Apología I, 35, 1-2). Así resumía san Justino, mártir del siglo II, los años de Nazaret. Hasta alcanzar la “edad de varón” se le tenía por hijo de José, y trabajaba como carpintero. Durante ese tiempo, prosigue Justino, “fabricó arados y yugos, obras de este oficio (…), enseñando por ellas los símbolos de la justicia y lo que es una vida fecunda” (Diálogo 88, 2).

La Predicación y los milagros de Jesús

Jesús “recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Reino de Dios y curando en el pueblo toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 4, 23; 9, 35). Predicar y curar: así expresa san Mateo el ministerio del Maestro. San Lucas nos dice que en su evangelio puso por escrito “todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio” (Hch 1, 1).

La Transfiguración: cuando el rostro resplandece

“Se parece a su padre”. A los hombres, todos los recién nacidos les parecen iguales. Las abuelas suelen ser las primeras en detectar los parecidos del pequeño. “Pero, ¿no lo ves? ¡Si tiene los ojos de su madre!”. Parece increíble que en un rostro tan diminuto se adivinen ya los rasgos de la familia.

Getsemaní: las lágrimas de Dios

Solemos decir que “los hombres no lloran”. Expresamos así la fortaleza propia del varón, que no cede en su empeño ante la primera dificultad o herida. Los hombres, queremos decir, no lloran por cualquier cosa. Las lágrimas les llegan en esos momentos cruciales de la vida, en ocasiones de vida o muerte.

Pasión y muerte de Jesucristo: heridas que sanan

La pasión y la muerte de Jesucristo nos introducen en el misterio de su dolor. El Sí al Padre dado en la Última Cena y en Getsemaní, se cumple al llegar el primer viernes santo. Ahora, en las heridas de Jesús, en ese cuerpo llagado, se manifiesta su inmenso amor al Padre y a nosotros.

La última palabra: la Resurrección

“Está cumplido” (Jn 19, 30). Con su última palabra en el Gólgota, Cristo culminó su misión y se entregó por nosotros. Jesús pronunció su palabra; Pilato, los fariseos y los sacerdotes, la suya. ¿De quién fue la última palabra, la definitiva?

La Ascensión del Señor: la huella de su presencia

Durante cuarenta días, el Resucitado se apareció a sus discípulos. Antes de subir al cielo y sentarse a la derecha del Padre, le dio casi seis semanas para digerir lo que había ocurrido: la pasión del Maestro y su presencia ¡vivo! en medio de ellos.
La Ascensión, el último misterio de la vida de Jesús, abre el tiempo de su ausencia (1). Concluye aquí lo que inició con la Encarnación: el que bajó a Nazaret, sube ahora desde el monte de los Olivos. Pero no concluye del todo: el que sube es el mismo que descendió, pero con una diferencia crucial: bajó sin cuerpo y se eleva con él.

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